Gruyères: posiblemente el pueblo más bonito de Suiza

La pequeña aldea medieval fortificada de Gruyères es la demostración de que en Suiza siempre puedes llegar a encontrar un lugar todavía más hermoso que el anterior. Situada en el centro de los prealpes friburgueses, Gruyéres es un pueblecito medieval organizado a una plaza oblonga que va de punta a punta del pueblo.

Su nombre es inconfundible (aunque derive de un ave, la grulla, grue, en francés): aquí se produce el queso gruyère y el vacherin fribourgeois.

La mayoría de las ventanas están repletas de flores tan bien cuidadas que parecen de plástico. Todo es tan insultantemente fotogénico en Gruyères, que resulta idóneo para colgar en Instagram y prescindir de los tramposos filtros.

Castillos y alienígenas

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El castillo de Gruyéres, uno de los más imponentes de Suiza, preside majestuosamente la pequeña ciudad medieval. En 1938, el Estado de Friburgo readquiere el Castillo para fundar en él un museo. La visita ofrece un paseo a través de ocho siglos de arquitectura, de historia y de cultura.

Por si fuera poco, en Gruyéres también está el Museo H. R. Giger, que muestra la fantástica obra de este ganador del premio Oscar y creador de alienígenas, como los de Alien.

Junto al museo también hay un bar consagrado a la imaginería de la película Alien el octavo pasajero, entre otras. El interior en penumbra del H. R. Giger Museum Bar, pues, parece las entrañas de un ser vivo, lleno de cuerpos humanos mezclados con máquinas, fetichismo gótico y una ligera simbología sexual.

Gastronomía

 

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La gastronomía suiza, dicen, es prácticamente inexistente. O dicho de otro modo: no hay casi variedad y todo se basa en cocina muy calórica a fin de soportar los rigores del clima. Eso no quiere decir que en Suiza se coma mal: en la Suiza romanche y en Ticino existen restaurantes de alta alcurnia.

Y de Gruyères no puedes irte sin zamparte una raclette: media rueda de queso que se funde progresivamente, por capas, y se raspa con un cuchillo plano para acompañarlo con patatas pequeñas. O, también, una fondue: seguramente el plato más importante del país. Más sencillo, imposible: queso fundido servido en una cacerola de metal que se come rebañando un pedazo de pan pinchado en un tenedor.

En nuestro caso, pedimos una raclette. Para acompañar al queso, también nos sirvieron patatas con piel, pepinillos y cebollitas en vinagre y pimienta. Los platos estaban muy calientes para evitar que el queso se enfriara demasiado deprisa.

Si podéis, hay que visitar Gruyères en los meses de verano, cuando hay más ambiente y el sol arranca la máxima belleza del lugar. Sin embargo, también os recomiendo encarecidamente visitar el pueblo en Navidades. Tuve la oportunidad de regresar a Gruyères una noche de diciembre, cuando el pueblo casi parecía abandonado excepto por un par de restaurantes cuya fachada y decoración recordaban a Hobbitón, el pueblecito de los Hobbits de El señor de los anillos, y jamás me olvidaré de esa sensación.

Imágenes | Pixabay

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